Se decía que los Martinicos aparecían allí donde había una propiedad que cuidar.
Conocían los cortijos, los patios, los jardines y esos rincones alrededor de una casa
que cambian poco a poco con el paso del tiempo.
Se fijaban en lo que otros podían pasar por alto.
Un árbol que empezaba a crecer demasiado. Un jardín que necesitaba atención.
Un muro castigado por varios veranos. Una piscina que debía prepararse
para volver a disfrutarse.
Cada época del año traía consigo su propio trabajo.
Y los Martinicos sabían cuándo tocaba hacerlo.
Trabajaban con discreción, cuidando cada lugar como si formara parte de su propio hogar.
Cuando terminaban, apenas quedaba rastro de ellos.
Solo una propiedad que seguía siendo ella misma,
pero un poco mejor cuidada.
Los Martinicos se fijaban en aquello que necesitaba atención.
Un jardín. Un árbol. Un muro. Un patio.
Cada estación traía su trabajo.
Y ellos sabían cuándo tocaba hacerlo.
Una historia ligada a casas, jardines y exteriores que cambian con el paso del tiempo.